sábado, 3 de marzo de 2012

Pobre hombre, malditos vicios.

-Esta es una historia un poco lánguida, un poco desamparada, pues tiene un poco de mí-. Empezó a decir aquél hombre ebrio de alcohol en esa cantina llena de penas, de dolores, de música que escarba los más tristes sentimientos y los saca como si nada. Todos los días lo veían llegar, con su traje de paño, cansado del trabajo pero siempre dispuesto a refrescar la garganta y a ahogar las penas. Siempre lo veían tomarse 2 o 3 cervezas o algunos tragos más fuertes hasta quedar inconsciente, insultando a los demás, hablando solo o con su conciencia. Lo veían salir tambaleante, confundido por el licor, perdido en su soledad. Y se iba manejando su tímido carro, pero siempre volvía. 

Nadie podía explicar su transformación. Se volvía un completo demonio. Humilló, golpeó, maltrató, lastimó a sus más grandes amores, a sus tres mujeres: su madre, su esposa y su hija. Cada una se fue yendo con el tiempo de su lado, una por la vejez, otra por amor propio, y la otra se la llevó la muerte.

Esa noche como todas se fue a beber, a perder toda razón, toda consciencia, toda sobriedad. Esa semana siempre se despertó sin saber qué había ocurrido la noche anterior, sólo estaba en su casa, con gran resaca, madrugando para cumplir con su trabajo. Cuando decidió partir, no podía ni decir su nombre con claridad, estaba totalmente perdido. Subió las escaleras de su edificio entre maldiciones a las mujeres y hostiles pasos que procuraba dar sostenido de las paredes. Abrió brúscamente la puerta y así mismo cerró. 

-¡No recuerdo más y tampoco quiero recordarlo!- Gritaba fuértemente, y se sentó a llorar. -Sólo recuerdo que desperté como todos los días y me levanté dirigiéndome hacia el baño y la vi en el pasillo, pálida, sin calor, sin brillo en sus ojos, retorcida entre la sangre. ¡Maldita sangre! Era abundante, estallada en las paredes, en el piso, en todo lado. Yo traté de limpiarla, de despertarla, tenía que ir a estudiar, pero ella no respondía...

Él nunca recordó cómo fue que la mató ya que no se permitía un momento de sobriedad para recordarlo. Nunca paró de beber, nunca paró de llorarla, nunca paró de despedirla entre sus tragos y sus lágrimas saladas. Nunca dejó de amar el trago y de odiarse por lo mismo. Con los años ya lo habían echado de todas las cantinas cercanas a su trabajo o a su casa, ya no tenía familia, amigos, trabajo, nada. Su único espacio era su cuarto del que no salía sino para comer algunas sobras, algún queso con moho; para defecar todo su veneno que ya había matado su corazón. 

Eventualmente, una dama que siempre le quiso brindar su cariño nunca lo desamparó. Le llevaba su alcohol -que él llamaba medicina-, comida ya preparada y lo ayudaba a bañar y a afeitar. Siempre llegaba con la ilusión de encontrarlo vivo, de hablarle, de ayudarle; pero ni ella ni nadie se dio cuenta que él murió cuando su hija partió y que lo único que estaba haciendo era ayudarse a encontrarse con sus ángeles: María, su hiija, y Alcira, su madre. 

2 comentarios:

  1. El mundo trata de corromperme! siempre lo hace. Pero estas tu... tu haces que mi impureza sea la más pura. :)

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