En mis años de inocencia le pregunté a mi padré qué era el amor. No dijo nada, supongo que era algo demasiado complejo para explicar. Se fue a su cuarto, cogió un baúl, luego me cogió de la mano y salimos a caminar. En el camino me contó que en sua años de juventud había conocido una chica, sólo dijo que había sido lo mejor que le había pasado en esa época, pero su mismo corazón joven no supo cómo mantenerla a su lado. Al llegar al parque, nos sentamos bajo un árbol, sacó del baúl una carta arrugada y casi rota que su viejo amor le había escrito y me pidió que abiera mi corazón y escuchara sin prejuicios.
"Estar sin él es algo extraño. Antes todo era más sencillo. Simplemente me había hecho a la idea de que ya no estaba y ahora que está, lo extraño... es igual de extraño a estar sin él.
A veces se me ocurre dejarlo, y luego ya no puedo más y me olvido de esa idea que me parece tan absurda. Pero me he acostumbrado a tener nada y a veces tenerlo todo... en 15 minutos bajo las sábadas. Me olvidé de la vieja yo y de lo que alguna vez quise. He cambiado mis deseos por los de alguien sólo por tener un poco de él. Creo que no he merecido más. Y, si eso es todo de él, ¿realmente es tan vacío? El día que entienda que no soy yo y nunca he sido yo la que puede llenar ese vacío podré irme tranquila de su lado.
Todo es tan extraño.
Estar sin él es amargo. Así como el café árabe que a tan pocos gusta, pero termina siendo tan exquisito. Así es él. Pero amargo también se vuelve todo con él, tanto así que vivir cerca suyo se hace insoportable. Y poco a poco me olvido de lo amargo y todo vuelve a ser nada: lo que siempre fuimos. Tranqiulamente vamos volviendo al curso que traíamos, a la monotonía de nada. Y estoy tan a su lado que termina siendo nada y aparecen los deseos de sentir su amor por primera vez. Si él tan sólo supiera que con lo amargo que es estar sin él yo me voy muriendo por dentro pocpo a poco, pero me muero más con su vacía presencia en mi vida. Ya ni sé qué es peor.
Y al final, dejar de amarlo se ha vuelto un motivo por el que luchar cada mañana. Nunca pude encontrar mi equilibrio con él, y no lo culpo, pero él nunca entendió que yo quería amarlo por encima de todo, incluso de esto tan confuso que siento ahora, y sé que así lo hice. Él sabe que así lo hice. Cada día se hizo más difícil estar con él. No entendía cómo habían pasado las cosas, pero ahí estábamos: él con su amarga, extraña y exquisita forma de amar, y yo queriendo huir siempre. Rendirme nunca fue suficiente, había algo que me incomodaba. Quizás no era lo que teníamos, sino su forma de ser conmigo: cada día más me dolía su indiferencia.
Y así, opté por estas palabras y partir sin más. Entiendo que me quedé sin motivos para luchar por permanecer a su lado bajo esas condiciones, entendiendo que nunca iba a cambiar. ¿Qué podría hacerlo cambiar? Ni el tiempo pudo. Lo único que entendía era que mi corazón siempre se iba a acelerar al escuchar su voz, al saber de él, al recordar su nombre, al verlo cada noche en mis sueños."
Quedé sin qué decir, pero también con muchas preguntas. ¿Es esto el amor? Le pregunté a mi padre. Sí, respondió, el amor duele porque te importa, no porque esperes algo de alguien, sino porque lo que más importa es que esa persona que amas esté ahí contigo para vivirlo; yo no lo estuve, y si bien no fue mi único amor, me arrepiento de no haberle dado todo el amor que yo sentía. Así que el amor, cuando lo sientes, es para darlo, para brindarlo sólo esperando una sonrisa a cambio.
lunes, 10 de febrero de 2014
martes, 10 de diciembre de 2013
Me quedo contigo.
Casi no recuerdo bien la última vez que lo vi. Creo que fue por las mismas fechas que dejé de escribir. No sé ni qué ropa traía puesta y la verdad es que lo imagino desnudo, como siempre me gustó. Lo que sí recuerdo son sus delicadas imperfecciones en su cuerpo que tanto me gustaba besar.
Evidentemente se fue toda mi inspiración, pero también mis deseos de vivir. ¡Qué absurdo! Yo pensando que si estaba sola tendría menos preocupaciones que añadirle a mi vida, pero ahora ésta es tan simple y vacía.
Ha pasado un buen tiempo desde que decidí marcharme lenta y silenciosamente de su vida. El ruido siempre alerta, y era mejor que nunca se enterara que mientras estaba con él físicamente, había un ser dentro de mí que prefería estar lejos... y así lo estaba haciendo. De repente, los dos estábamos tan lejos el uno del otro que confundíamos la realidad y aparentábamos que todo estaba bien. La verdad era que yo quería que todo estuviera bien dentro de lo fatal y ridículo que era seguir manteniendo esa relación.
Bueno, y ahora que ha pasado tanto tiempo, realmente no recuerdo bien la última vez que lo vi, en serio. Creo que era por esos días decembrinos donde el viento invernal y las lluvias marcaban los momentos. Todo se ve tan nublado, pero casi recuerdo que estábamos en la banca del parque de siempre sentados el uno junto al otro en silencio ya agotados de discutir por todo y nada -lo habitual en las relaciones. Y ahora todo es tan difuso pero lo realmente certero es que yo jamás volví a sentir como cuando estaba con él. Aún no logro decidir si esto es bueno o malo; pero sí entiendí, y mucho me costó, por qué era él quien me hacía vivir tantos sentimientos al tiempo: pasar del amor al odio y del odio al amor, del cariño al fastidio y del fastidio al deseo, de la rabia a la tolerancia y de la tolerancia al amor, y volvíamos al mismo ciclo.
Él simplemente era un amor más de mi vida quien tenía que enseñarme el lado oscuro de los hombres, pero jamás del Amor. De él era quién debía aprender que para combatir la soledad era mejor ser amantes en la cama y amigos ante los demás. De él también aprendí que jamás necesité combatir la soledad, pues con ella soy la real yo, una que pocas veces él logró ver.
Hoy, después de mucho tiempo de no verlo, espero que no se sorprenda en nuestro encuentro al ver que hay más cambios internos que externos, y que uno de ellos es mantenerlo en mi vida como el gran amor que siempre fue, como mi gran amigo que quiero conservar.
Evidentemente se fue toda mi inspiración, pero también mis deseos de vivir. ¡Qué absurdo! Yo pensando que si estaba sola tendría menos preocupaciones que añadirle a mi vida, pero ahora ésta es tan simple y vacía.
Ha pasado un buen tiempo desde que decidí marcharme lenta y silenciosamente de su vida. El ruido siempre alerta, y era mejor que nunca se enterara que mientras estaba con él físicamente, había un ser dentro de mí que prefería estar lejos... y así lo estaba haciendo. De repente, los dos estábamos tan lejos el uno del otro que confundíamos la realidad y aparentábamos que todo estaba bien. La verdad era que yo quería que todo estuviera bien dentro de lo fatal y ridículo que era seguir manteniendo esa relación.
Bueno, y ahora que ha pasado tanto tiempo, realmente no recuerdo bien la última vez que lo vi, en serio. Creo que era por esos días decembrinos donde el viento invernal y las lluvias marcaban los momentos. Todo se ve tan nublado, pero casi recuerdo que estábamos en la banca del parque de siempre sentados el uno junto al otro en silencio ya agotados de discutir por todo y nada -lo habitual en las relaciones. Y ahora todo es tan difuso pero lo realmente certero es que yo jamás volví a sentir como cuando estaba con él. Aún no logro decidir si esto es bueno o malo; pero sí entiendí, y mucho me costó, por qué era él quien me hacía vivir tantos sentimientos al tiempo: pasar del amor al odio y del odio al amor, del cariño al fastidio y del fastidio al deseo, de la rabia a la tolerancia y de la tolerancia al amor, y volvíamos al mismo ciclo.
Él simplemente era un amor más de mi vida quien tenía que enseñarme el lado oscuro de los hombres, pero jamás del Amor. De él era quién debía aprender que para combatir la soledad era mejor ser amantes en la cama y amigos ante los demás. De él también aprendí que jamás necesité combatir la soledad, pues con ella soy la real yo, una que pocas veces él logró ver.
Hoy, después de mucho tiempo de no verlo, espero que no se sorprenda en nuestro encuentro al ver que hay más cambios internos que externos, y que uno de ellos es mantenerlo en mi vida como el gran amor que siempre fue, como mi gran amigo que quiero conservar.
domingo, 30 de septiembre de 2012
El susurro del final de septiembre.
Me acerco a tí, descubro
una oleada de agonía. Maldita nostalgia, no precisa momentos, siempre tan
inoportuna. Descubro un sollozo más allá de mi pesar, de mi sentir, sólo pasa a
través de mis oídos como un chillido cualquiera. Me siento igual que tú, pensé.
Estamos sentados en ése que solía ser nuestro sitio favorito, ahora no sé si
ella lo recuerde. Yo, como desde que lo prometí, aquí estoy. Pero más allá de
eso, sigo esperando a que vuelvas. ¿Adónde te has ido? De nada me ha servido tu
cuerpo -tan falaz pero tan precioso, tan frío pero delicado- si no tengo tu
ojos. Esos ojos conscientes de mirarme, de precisar que soy yo.
Decido levantarme, sé que no volteará a mirarme esta vez. Desde hace
meses o años, no sé bien ya, que no lo hace. El tiempo se ha vuelto tan
efímero. Aún recuerdo la primera vez que la vi, y no quisiera exagerar, pero
fue casi una aparición angelical y supe entonces que tenía que conquistarla.
Llevaba ese pelo largo y negro que le hacía ver en esos ojos toda la dulce
profundidad de su ser. Unos labios que parecían pintados con jugo de cereza.
Tuve hasta el tiempo suficiente para admirar sus delicadas manos, de ver cómo
se jugueteaba el pelo con ellas, cómo las entrecruzaba ansiosa cuando nuestras
miradas se encontraban. Pasé años abriendo los ojos a su lado, despertándola
con mil caricias para invitarla a amarnos, dejando que me acariciara todas las
mañanas mi espalda, dejándola con un beso de ilusión de encontrarnos al
anochecer.
Opté salir después de dejarle su porro armado -quizás hoy no lo bote
por la ventana- y de darle uno de los besos que tanto le gustaban y que yo poco
la complací cuando recordaba. Me acerqué
al café de siempre, al mismo asiento de la barra de siempre, a pedir casi lo
mismo de siempre. Uno no recuerda el día en el que la vida se vuelve tan
monótona, pero sí recuerda el hastío que le tenía cuando era apenas un joven.
Supongo que desde que Amanda me dejó. No recuerdo bien.
-¿Cómo está Amanda hoy?- Pregunta Sara, la mujer que me atiende en
Bocanada de Café desde hace algunos años ya.
-Igual que siempre.
Hubo un breve silencio.
-¿Le sirvo lo mismo de siempre?
-Sí.
Esa bebida de siempre, de todas las mañanas, era un café colombiano, no
tan exquisito como muchos piensan o algunos esperaríamos. Un café oscuro como
la noche sin luna. Más amargo que el pasado no deseado. Bueno, la verdad no sé
si es que sepa realmente así, pero a mi me sabe a tierra. A veces pintaba bien
cuando Sarita sonreía, y hoy no era un día de esos. Ni interés tenía yo por
preguntarle qué le pasaba, siempre estaban más presentes mis problemas, mis
desgracias, mi Amanda y su distancia.
Aún recuerdo el día en el que Amanda y yo pisamos el mundo de Bocanada
de Café. Sarita era nueva. Trabajaba como mesera en ese entonces. Llevaba
puesto uno de esos delantales que hacen ver a las mujeres sexis y con el que
muchos de los hombres deliramos esperando a que nuestra mujer nos haga un
baile, nos desfile, algo. Tras la blusa podían detallarse la punta de sus
pezones y el redondo de sus senos jóvenes. Aún siguen siendo tan bellos como la
primera vez. Por supuesto, Amanda nunca tuvo nada que envidiarle. Ella era y
sigue siendo la mujer de mis ojos, así ella ya no sea consciente de eso.
Me bebí de un sorbo el café y cogí el periódico. Dejé sobre la mesa la
propina que siempre le dejaba a Sarita. Sabía que me miraba de reojo, pero no quise hacer caso; desde hace muchos años que no hago caso a otras miradas. Me levante y partí hacia la plaza principal del barrio.El periódico siempre resultaba contando las mismas historias pero con
diferentes actores, las mismas tragedias que permitían que los protagonistas se
intercalaran. Igual, ya nada me sorprende por estos días.
Era casi medio día y el tiempo me avisaba de debía volver a casa. Por
menos que quisiera, tenía que volver. Ver a Amanda, intentar besarla o siquiera
acariciarla, persuadirla para que se dejara besar. Regresé al ático en el que
hemos compartido los últimos veinticinco años desde que decidimos venirnos a
este país de mierda. Al llegar al piso, me sorprendió escuchar a través de la
puerta los gritos y golpes que venían del interior de la casa. Abrí la puerta y
Amanda estaba totalmente loca, con la cara aruñada, el pelo electrocutado, su ropa
rasgada sobre el piso. Logré detallar algunos vidrios esparcidos por toda la casa, espejos deshechos.
Una casa que no parecía la mía. Corrí a abrazarla y por más que se resistió
logré rodearla con mis brazos y apretarla para que se tranquilizara.
-Quiero que te vayas.- Murmuró entre dientes.
-¿Qué has dicho?
-Que quiero que te vayas Ignacio.
-¡Estás hablando Amanda, estás hablándome!
Ignoré totalmente sus palabras. Después de tres años de no escuchar su
voz cualquier insulto hubiera logrado sacar la misma sonrisa que me produjo
escuchar esa voz. Ronca y tenue voz que tanto me fascinó. Sobre todo escucharla
mientras hacíamos el amor y nos consumábamos en un mar de deseo y juego de
palabras para seducirnos. Empezaron a brotar lágrimas de alegría sobre mi
rostro y sin pensarlo me impulsé a besarla, pero no contaba con que Amanda
lograra zafarse de mis brazos y, de paso, me dejara con la boca estirada.
-Realmente quiero que te vayas Ignacio.
-¿Pero de qué hablas?
-Pensé que si prologaba este patético estado, terminarías por irte algún
día. Pero no, hoy se cumplen tres años desde el día que se fue lo único que nos
ataba. Tener que encerrarme en esta maldita casa, tener que contenerme a
hablarte, a decirte lo poco que ya significas para mí. ¿Para qué sigues aquí?
Muchos años rogué ser el centro de tu mundo y cuando decido, quizás
cobardemente, convertirme en un estorbo y una insignificancia, no te apartas de
mí y no me dejas respirar. Me asfixias Ignacio. Y quizás el pasar todos estos
años sin pronunciar una palabra a algún conocido me ha hecho íntima de la
locura, ¡y me encanta! Ahora te pido que te largues, no vuelvas, no te
necesito, nunca te necesité. Lárgate.
Me consumió un dolor intenso. De un momento a otro toda mi alegría se
había ido tan fugazmente como había venido. Estoy soñando, pensé. Me dirigí
hacia al baño a lavarme la cara, dejándola sola en el balcón. Me froté los
ojos, me halé las pestañas, me pellizqué los cachetes. ¿Qué demonios era esta
payasada? Salí lleno de coraje, corrí su mecedora y la levanté de un solo
tirón.
-¿Cómo es posible que me hayas engañado todos estos años?
-Ha sido muy fácil. No soy tan idiota como pensabas. ¿Y cómo te atreves
a hablarme de engaño? Después de enterarme de que me engañabas con tu Sarita,
decidí volverme un vegetal, un completo estorbo. No podía irme dejándote mi
orgullo, mi dignidad, aunque creo que ya los he perdido totalmente. Desde que
tenía veinte años me entregué totalmente a ti Ignacio, y aunque siempre fui tu
amor, nunca fui la única. ¿Por qué nunca te largaste? ¿Por qué no me botaste en
una clínica? Era tu momento para que te quedaras con ella y por una vez en la
vida me dejaras ser libre… libre y sola.
-Pero Amanda... ¿cómo es que nunca me dijiste que sabías lo que teníamos
Sara y yo?- Dije bastante avergonzado y al mismo tiempo impactado por lo que
estaba pasando.
-Ignacio, sin darme cuenta, llegué a tal punto en el que no podía alejarme
de ti voluntariamente. Al rectificar que mi amor seguía siendo tan
insignificante como para que me brindaras todo tu ser, y me refiero a mente y
cuerpo, decidí volverme todo lo que siempre odiaste y brindarte lo que menos
querías de una mujer. Quise volver tu vida aburrida, monótona, y desgraciarte
con la compañía de la miserable en que me convertí. Y todo se mezcló con la
tristeza. Dejé de hablarte, de mirarte cuando me mirabas, de atenderte, ya no
me merecías. Sigo preguntándome, ¿por qué nunca te fuiste?
-Pues… es claro, eres parte de mi vida, nunca te abandonaría.
-¡Insolente!- Se levantó dirigiéndose a la habitación, abrió el
compartimento que daba al gran armario que una vez me hizo construir para ella
y sacó sus valijas. –Sabía que no te atreverías a largarte, cobarde. Así que me
voy yo.
-Pero adónde te vas a ir Amanda. Hace tres años que no hablas con nadie,
no tienes dinero. ¿Qué vas a hacer de tu vida?
-Ese dejó de ser tu problema desde hace mucho tiempo.- Podía sentir la
rabia en sus palabras.
Amanda se fue con la única valija que tenía. Usaba el vestido de flores
ceñido al cuerpo que le desgarré en nuestra luna de miel en Ibiza. Me dieron
ganas de devolver el tiempo y nunca haber cagado lo más hermoso que tenía.
Todos los días me asomo por el balcón de este puto ático buscando a mi Amanda.
Todos los días salgo a buscar de entre todos los vestidos, uno de flores que
vista a mi Amanda.
Y ahora sólo me queda esperar que entre los que lean este relato, esté
mi amada Amanda.
lunes, 24 de septiembre de 2012
A veces.
A veces, sólo a veces, me persigue esa ráfaga de celos, esa obsesión por tu piel, por tenerte. No hago nada, sólo me detengo a pensar en tu olor.
tu olor
que me electrocuta los
nervios
me lanza a un vacío
que se siente en mi
ombligo
ese aroma
tan impronunciable
se mete hasta lo más
adentro de mí
y me impacienta
saborearlo
me sabes a miel
tan dulce
hostigante
insaciable
cuando es tan fascinante
indestructible olor
lo llevo en mis manos
A veces, sólo a veces, te recuerdo así.
jueves, 19 de julio de 2012
¿Cómo se atreve?
¿Cómo se atreve a irse sin darme tan sólo un último beso,
una última caricia,
sin hacerme el amor por última vez?
¿Cómo se atreve a aparecerse en mis sueños
y no permitirme verle en la lucidez?
¿Cómo se atreve a llenarme el corazón de mariposas
y el estómago de vértigos incesantes,
de llenarme los ojos de brillo,
a sacarme mil sonrisas con su recuerdo?
¿Cómo Usted se atreve a quedarse ahí
dentro de mí...
pero sin mí?
¡Atrevido!
¿Acaso yo me he atrevido a hacer lo mismo con Usted?
Con el más grande amor,
a Usted,
Carlos Torres.
domingo, 24 de junio de 2012
Soy parte de tí.
Antes de que te fueras
olvidé cogerte de la mano,
llevármela al pecho
y hacerte sentir mi ritmo.
olvidé cogerte de la mano,
llevármela al pecho
y hacerte sentir mi ritmo.
Antes de que te fueras
controlaba mis impulsos
de robarte un beso,
de apretarte un muslo,
de morderte un labio.
controlaba mis impulsos
de robarte un beso,
de apretarte un muslo,
de morderte un labio.
Antes de que te fueras
olvidé leer en el post it rosado
que ya no te volvería a ver,
que ya no estaría más contigo,
que debía obligarme a meterte en el cajón.
olvidé leer en el post it rosado
que ya no te volvería a ver,
que ya no estaría más contigo,
que debía obligarme a meterte en el cajón.
“Abro el cajón.
Meto el recuerdo de los dos.
Te dejo por fuera
y te coloco al lado mío.
Cojo tu mano con la mía.
Seguimos caminando los dos.”
Ahora que te fuiste
sólo estoy yo y la mitad de su sombra.
Queda un puñado de recuerdos
que ya no sirven para nada.
sólo estoy yo y la mitad de su sombra.
Queda un puñado de recuerdos
que ya no sirven para nada.
Ahora que te fuiste
espero que hayas cerrado,
a tu paso,
la puerta de la entrada.
espero que hayas cerrado,
a tu paso,
la puerta de la entrada.
Hayas apagado la cafetera,
hayas tendido la cama,
o al menos me hayas dejado un desayuno.
hayas tendido la cama,
o al menos me hayas dejado un desayuno.
Ahora que te fuiste
anhelo que hayas amado como yo,
y que sientas que,
aunque te fuiste,
soy parte de ti.
anhelo que hayas amado como yo,
y que sientas que,
aunque te fuiste,
soy parte de ti.
jueves, 21 de junio de 2012
Rebecca.
Voy en un bus y con mi mirada hacia la calle voy observando a la gente hacer su vida fuera de la ventana. Voy recordando esos momentos en los que he visto la envidia en las miradas de las otras mujeres y también he recordado los comentarios que han llegado a mis oídos acerca de lo que ven las demás en mí. Comentan entre sí, y le divulgan a los hombres, que soy una mujer que tiene como herramienta de seducción la coquetería, que intento conquistar a hombres ajenos y exhibo mi belleza sin ningún pudor, concluyendo así que no soy una mujer de fiar.
El bus se detiene y así mismo mis pensamientos y me río entre dientes, maldiciéndolas al mismo tiempo. Soy una mujer a la que le gusta la atención, ¿qué tiene de malo?, me gusta que me observen, que me miren de arriba a abajo, que los hombres se intriguen por saber quién soy, que me estrechen la mano fuértemente cuando me saludan. Me gusta enloquecerlos a todos, ¿por qué no? No soy de nadie, pero me gusta estar con todos... y ya ése no es mi problema.
Confieso que no puedo evitar imaginarme a la gente que está más allá del vidrio de este bus haciendo el amor entre sí, algo así como una orgía donde todos calman sus placeres para calmar mi morbo. Mi mente es un poco lujuriosa para aquellos que son adictos. No creo ser la única que se imagina a los demás amándose sobre los andenes, revolcándose entre sí sobre el mugre de las calles, sin importar que los vean. Los imagino pero no quisiera ser yo quien jugase ése papel. Disfruto el rol de observadora.
¿Mi vida? Ella ha girado en torno a los hombres y siempre será así. Pero no soy una mujer que ofrece su cuerpo a cambio de dinero; sencillamente yo no ofrezco mi cuerpo. Mi cuerpo y mi sexo, como instrumento material y pasional de mi ser, es algo que pocos pueden tener el privilegio de vivir. Aún así, no soy egoísta con mis miradas y mis sonrisas. Y, bueno, los hombres son para mí lo que las mujeres somos para ellos. Me comporto con ellos como ellos se comportan con las mujeres. Juego el mismo juego de seducción que ellos usan con las mujeres. Es sencillo.
Miro el reloj y me doy cuenta que, como de costumbre, voy tarde. Ya es un hábito, no sólo en mí sino en la mayoría de los colombianos... y es aún peor con el tráfico de Bogotá, así que vuelvo la mirada a la calle y evito alimentar el desespero.
En lo que más pienso es que entre más hablen de mí, más disfruto yo de la publicidad que me hacen. Me ha funcionado que la intriga incite a los hombres a acercarse a Rebecca, a mí. Para infortunio de ellos, no siempre puedo darles lo que quiero, aquí siempre la que decide soy yo... y esa es la medicina que despierta la envidia de las demás.
Sonrío entre abierto mostrando un poco los dientes y apenas el bus se detiene, observo a lo lejos un hombre común como cualquiera que se detiene a esperar su transporte. Intento buscarlo con la mirada consiguiendo así robarle un poco de su atención. Le sonrío y lo sigo mirando. El bus arranca y mi cuello gira mientras el bus va avanzando y así mismo, con cada segundo que pasa, lo voy perdiendo. Tenía unos ojos tan grises como aquellas nubes que están que explotan gotas en lo alto. Volteo hacia el frente y me encuentro con que la siguiente parada es la mía. Me levanto del asiento y timbro. Me bajo del bus y camino feliz, sonriéndole al que esté enfrente mío.
El bus se detiene y así mismo mis pensamientos y me río entre dientes, maldiciéndolas al mismo tiempo. Soy una mujer a la que le gusta la atención, ¿qué tiene de malo?, me gusta que me observen, que me miren de arriba a abajo, que los hombres se intriguen por saber quién soy, que me estrechen la mano fuértemente cuando me saludan. Me gusta enloquecerlos a todos, ¿por qué no? No soy de nadie, pero me gusta estar con todos... y ya ése no es mi problema.
Confieso que no puedo evitar imaginarme a la gente que está más allá del vidrio de este bus haciendo el amor entre sí, algo así como una orgía donde todos calman sus placeres para calmar mi morbo. Mi mente es un poco lujuriosa para aquellos que son adictos. No creo ser la única que se imagina a los demás amándose sobre los andenes, revolcándose entre sí sobre el mugre de las calles, sin importar que los vean. Los imagino pero no quisiera ser yo quien jugase ése papel. Disfruto el rol de observadora.
¿Mi vida? Ella ha girado en torno a los hombres y siempre será así. Pero no soy una mujer que ofrece su cuerpo a cambio de dinero; sencillamente yo no ofrezco mi cuerpo. Mi cuerpo y mi sexo, como instrumento material y pasional de mi ser, es algo que pocos pueden tener el privilegio de vivir. Aún así, no soy egoísta con mis miradas y mis sonrisas. Y, bueno, los hombres son para mí lo que las mujeres somos para ellos. Me comporto con ellos como ellos se comportan con las mujeres. Juego el mismo juego de seducción que ellos usan con las mujeres. Es sencillo.
Miro el reloj y me doy cuenta que, como de costumbre, voy tarde. Ya es un hábito, no sólo en mí sino en la mayoría de los colombianos... y es aún peor con el tráfico de Bogotá, así que vuelvo la mirada a la calle y evito alimentar el desespero.
En lo que más pienso es que entre más hablen de mí, más disfruto yo de la publicidad que me hacen. Me ha funcionado que la intriga incite a los hombres a acercarse a Rebecca, a mí. Para infortunio de ellos, no siempre puedo darles lo que quiero, aquí siempre la que decide soy yo... y esa es la medicina que despierta la envidia de las demás.
Sonrío entre abierto mostrando un poco los dientes y apenas el bus se detiene, observo a lo lejos un hombre común como cualquiera que se detiene a esperar su transporte. Intento buscarlo con la mirada consiguiendo así robarle un poco de su atención. Le sonrío y lo sigo mirando. El bus arranca y mi cuello gira mientras el bus va avanzando y así mismo, con cada segundo que pasa, lo voy perdiendo. Tenía unos ojos tan grises como aquellas nubes que están que explotan gotas en lo alto. Volteo hacia el frente y me encuentro con que la siguiente parada es la mía. Me levanto del asiento y timbro. Me bajo del bus y camino feliz, sonriéndole al que esté enfrente mío.
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